Despenalizar el aborto divide la opinión

Abr 1, 2006 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Ivonne Marcela Rodríguez
periodico15@unab.edu.co
“Muchos me ven como un monstruo pero eso no es así… ¿Que si uno se pone a pensar que eso es un pecado? Pues eso depende de cada uno”.

Con ese argumento se mantuvo este médico de unos 40 años desde que entramos a su consultorio. Mi amiga estaba ‘embarazada’ y yo la acompañaba en la ‘solución’. Era una mentira que debíamos disfrazar bien hasta que abandonáramos el lugar. Encontrar el sitio nos tardó menos de dos semanas mientras lográbamos rastros por medio de chismes universitarios y recomendaciones de un señor que hace domicilios en moto.

No teníamos ninguna dirección exacta, ni nombre de los fármacos que se usan para abortar porque quienes tenían la información o las mujeres que ya habían abortado de manera inducida evadían el tema o arrojaban pocas pistas.

Los primeros datos apuntaban a la carrera 15 en el pleno centro de Bucaramanga y, qué paradoja, en inmediaciones a Profamilia (carrera 20 con 37). Así que martes y viernes de una misma semana anduvimos después del mediodía por ese sector.

Invocando algo de suerte y preguntando en farmacias y a vendedores ambulantes confirmamos 3 droguerías que venden las pastillas para abortar y un consultorio donde hacen limpieza del útero a través de una ‘aspiradora’.

“Soy un orientador”

¿Tienen cita? “No”, canturreamos con nerviosismo después de pasar la estrecha entrada precedida por un letrero de pasta verde que indica “naturista”. El médico, de mediana estatura, bata blanca y escaso cabello, nos invita a tomar asiento mientras conversa en la puerta.

La sala de espera es bastante cómoda: dos sillones acolchados, una mesa de centro con revistas de farándula y un escritorio en el que al parecer aguarda la ayudante, una mujer de facciones delicadas que también viste bata. Supongo que las revistas no son mera coincidencia: muestran mujeres bellas y exitosas que quizá influyan en la decisión.

“Sigan”, dice el mismo hombre. El consultorio del médico, cuyo título se exhibe en la pared izquierda, es mediano, ventilado y privado. Ya adentro y con la puerta asegurada no hay palabra de afuera que se cuele. Indaga con la mirada quién de las 2 necesita de sus servicios. Mi amiga rompe el silencio contando que se ganó una beca y él interrumpe: “¿Imagino que fue un accidente, no?”

Ante la evasión de ella, el hombre intenta con una sonrisa picaresca: “¿Cómo así, no disfrutó?” Entonces toma nota: nombre, edad, última fecha de la menstruación y estudios. Detrás de nosotros hay una camilla y la imagen de una niña desnuda sobre colores oscuros; es una imagen inocente, extraña y contradictoria.

Insiste en que mi amiga debe estar decidida y procede a explicar el procedimiento que realizará sobre un dibujo que hay bajo el vidrio de su escritorio: aplicará “4 líneas de anestesia” [señala el cuello uterino] y hará dilatación para “introducir una aspiradora” que extraerá el contenido del útero. ¿Aspiradora? “Sí, con las que se hace la liposucción, trabaja a presión, pero no daña ningún tejido”, responde.

¿Y las consecuencias? De nuevo con los ojos clavados en la paciente dice: “No miento”. Advierte que sí se siente un cólico y que después del procedimiento, que dura unos 15 minutos, “se sale como cuando el ginecólogo hace un legrado [extracción de tejido de la membrana interna del útero con una cuchara, llamada legra, tras haber provocado dilatación]. Durante tres días deberá tomar antibióticos”.

El cuarto es iluminado, huele a nada. A nuestra derecha hay una biblioteca digna de un profesional con algunos retratos familiares sobre las repisas y al fondo 2 cuartos.

El ambiente se ‘calienta’ tras anunciar que son $350 mil: “Un buen precio por ser un médico (egresado de una universidad reconocida) que no engaña”.

Para dar confianza cuenta que una niña de 14 años había ido días atrás en compañía de sus padres y que aunque al principio la chica se negó, horas más tarde accedió a practicarse el aborto porque de lo contrario debía irse a vivir con su novio.

Ahora insiste por más de 5 minutos que debe hacer una ecografía, que es gratis y que tiene que hacerla por seguridad. “Hay jóvenes que llegan diciendo que tienen poquito y terminan teniendo tres meses de embarazo”.

Queremos huir, a mí por lo menos me tiemblan las piernas pensando en la posibilidad de ser descubiertas. El médico se acerca más y no, no, no, hasta que cuestiona: “Veo algo raro… Usted como que no está decidida”.

Antes de abandonar el lugar manifiesta que hay un 90% de probabilidades que no volvamos. “Espero que esta conversación le haya servido, es mejor que le cuente a sus padres”, agrega. Nos pide en la puerta que anotemos su número telefónico y que por favor tachemos su nombre. Tendrá disponibilidad para atendernos el próximo martes.

Pese a explicar minutos antes que era un orientador y no un monstruo, se había referido así a su propia hija: “Con 27 años la tonta quedó embarazada y decidió tener una niña, que claro, es muy bonita y todo, pero no pudo seguir con el posgrado”.

Entre colegas

A media cuadra del consultorio queda una droguería. Esta es pequeña, de colores vistosos y ubicada casi sobre la angosta calle. El ruido de los carros que pasan por allí entrecortan las voces de quienes preguntan por algún medicamento. Un joven de cerca de 25 años, el farmaceuta, ordena unos paquetes de toallas higiénicas en las estanterías.

Cuando le preguntamos por ‘las pastillas’, señala: “¿Para qué la quieren”? Insiste: ¿Pero para qué? ¡Diga que tiene un retraso! Mi amiga asiente y él responde que no la puede vender sin la fórmula. Una moto se estaciona en la puerta y entra su compañera, una trigueña de cabello rizado que ahora ingresa al cuarto del fondo para ponerse la bata. Nos pide disimular porque ella le puede contar a su patrona.

Al principio se hace el difícil pero a los pocos segundos dice: “Cada pastilla vale $5 mil”. Le expresamos que no estamos seguras de los fármacos y que por eso mi amiga quiere hacerse una limpieza del útero. Timbra el celular del joven. Esto nos da tiempo para tomar aire e insistir. En vista de las sospechas de su compañera el hombre nos comenta rápido que lo llamemos, que nos lleva donde una amigo que sí hace la limpieza.

Dos días después le confirmamos el pago de los $180 mil que nos pedía. “Es un enfermero que lleva 10 años haciéndolo, él le pone una inyección y da unas pastillas, tranquila que él no la va a tocar ni nada. Ustedes me llaman y me esperan en un taxi cerca de aquí para que mi patrona no sepa. Eso queda como a unas 6 cuadras de aquí”.

Y precisamente a 5 cuadras, en la carrera 15 con 30, quedan otras 2 droguerías con nombres muy particulares. Bastó otra mirada y un silabeo entre dientes: “Necesitamos unas pastillas”. El hombre, de unos 30 años, alto y corpulento responde que son 6 pastas y que cada una cuesta $5 mil. “¿Cuánto tiempo es el retraso?”, susurra. Saca una libreta, toma todos los datos y diagnostica: “Es mejor reforzar con una inyección”.

Mi amiga le expresa temor y él aclara que es rápido, que el sangrado será normal y que es “garantizado”. Antes de partir indica que todo cuesta $80 mil y agrega que en caso de complicación hará limpieza del útero. Nos esperará hasta las 9 p.m.: “Hay que actuar rápido porque es un caso de mes y medio”, añade.

Justo enseguida, si mucho son 20 pasos, está la otra farmacia: nada distinto de la anterior en términos de modernidad, si estuviéramos hablando de los años 80. Un hombre ya viejo, con una barriga que sobresale por entre la bata, nos confirma que la pastilla cuesta $5 mil.

La tarde va cayendo. El señor no quiere decirnos quién ni dónde se hace el procedimiento de limpieza pero balbucea que es muy cerca. Nos queda la duda si el ‘amigo’ cercano es el farmaceuta de la primera droguería. Hubiésemos querido conocer el lugar pero llegar allí implicaría que mi amiga tomara las pastillas o pagar $180 mil de anticipado.

No más 2 días de investigación en ese sector. Suficiente para confirmar que no se requiere ser detective para encontrar a quienes hacen abortos en Bucaramanga.

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