El Cartucho de la Ciudad Bonita

Oct 1, 2006 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Edwin López Moya
jlopez2@unab.edu.co
Mientras la metrópolis bumanguesa crece al ritmo con que se levantan sus lujosos edificios, La Esperanza, como algunos decidieron llamar a la calle 30 se hunde en lo que podría parecer una grieta dentro del gran bloque urbano.

Allí las casas de barro se mantienen erguidas de milagro y sus paredes húmedas y teñidas son el refugio de indigentes dormilones.

El aire negro, que a la vez matiza las caras pálidas y cortadas de quienes habitan la 30 se mezcla con la grasa y tiñe el asfalto, preparando así la manteca que protegerá los pies descalzos de aquellos cuerpos desbaratados por el hambre y los bolillazos.

El siseo permanente de las seguetas, las troqueladoras golpeando el cuero, tecnocumbias, corridos prohibidos, vallenatos, conversaciones gritadas de esquina a esquina, lamentos, carcajadas, escupitajos y un sinnúmero de hijueputazos componen el sinfónico paisaje de una copia del ‘Cartucho’, sector bogotano habitado por indigentes que ya no existe porque fue transformado en parque.

A primera vista, todo parece homogéneo, pero con el correr del tiempo las pupilas se dilatan para observar entre sombras el poco contraste entre quienes frecuentan el lugar: la ropa limpia del patrón, la sudada de quien labora y los guiñapos del mendigo llorón que se agazapa en las esquinas, esperando clientela para vender lo que todavía no se fuma. 

Comerciantes y mecánicos son los empresarios del callejón. Entre insultos cariñosos reparten órdenes a sus latoneros para que lijen, con sus manos callosas, neveras, estufas y estanterías viejas.

Allí la única hierba mala que no crece es la maleza, ésa que abunda en los parques de la ciudad. En vez de eso, las figuras raquíticas de vendedores y consumidores revolotean como mariposas sobre el jardín de manjares ilegales que florecen a pocos pasos del CAI llamado “Los Faroles”.

Así pasa el día y llega la noche. La luna ilumina la otra cara de la “callejuela del crimen”. La hierba, el bazuco y la coca se presentan e impregnan la calle con su aroma dejando zombis sobre el duro asfalto.

Algunos habitantes y visitantes que caminan bailando se cruzan con aparentes quinceañeras en minifalda y se las llevan para alguna de las quince residencias distribuidas a lo largo de la calle; mientras otros, sin fortuna, escarban con la mirada lo que la basura les pueda heredar.

De lejos todos son sólo sombras que, como dijo “El Veterinario”, un habitante de calle, “no importan un carajo”a la gente de buenos modales.

¿Dónde queda la esperanza para este sitio de la ciudad? Empieza en la carrera 12, según el Paisa, residente del lugar, parece que unos cristianos la bautizaron así, “pero se cansaron porque a esta gente no hay que predicarle, hay que darle”. Lo cierto es que es el único sector que, como dice Yolanda Manosalva, coordinadora del Centro de Escucha Red Punto 30, “incluye a los más excluidos de Bucaramanga”.

Este centro hace parte de un programa nacional, Proyecto Viviendo, que busca la inclusión de personas rechazadas por la sociedad, travestis, homosexuales, fármaco dependientes, habitantes de calle, entre otros. Carlos Jaimes, vinculado al proyecto, dice que en la calle 30 “no pasa lo que pasaría en otros lugares”.

El Veterinario comenta, mientras la recorre con una mirada nostálgica: “si usted está interesado en La Calle de La Esperanza, es mejor que le pregunte a los fantasmas que murieron allí (…) era una esperanza poder bajar por aquí”.

La 30 sigue después del tapón de la 19, pasa por Nuestra Señora de Fátima, el Instituto Municipal de Cultura, la Normal de Señoritas y llega hasta el antiguo hospital González Valencia.

Los ‘ñeritos’ del Cartucho bumangués muy pocas veces suben a jugar al Parque de los Niños, pocos tienen nombres propios, nunca los dan; son personas que desconfían de todo el mundo, y no es para menos, están allí porque la sociedad no los quiere.

Aun así, todos tienen una historia para contar, se mueren de ganas por hablar, también de miedo. Algunos ya se han ido por haberlo hecho.

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