El estrés crónico también afecta a los desempleados

Feb 26, 2007 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Paula Alejandra Carrillo
pcarrillo2@unab.edu.co
Como los “amenazados” de un reality televisivo cuando están a punto de salir del programa. Así -o peor- se sienten los empleados cuando ven cercana la fecha de vencimiento de su contrato o saben que su puesto de trabajo peligra.

En suspenso constante también viven los desempleados, quienes, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, constituyen el 11,8% de la población colombiana, es decir, 2.352.000 personas sin trabajo. Ellos, en su mayoría, pasan por momentos de nerviosismo y zozobra, en los cuales el estrés empieza a “hacer de las suyas”.

Dolores de cabeza, tensiones musculares, insomnio, problemas gástricos, sudoración excesiva, cambios de peso y aumento de la presión arterial son algunos de los efectos físicos de este trastorno.

Samara Reyes, médica de consulta externa y cirujana del Hospital Universitario de Santander, comenta que el estrés tiene manifestaciones multisistémicas, es decir, que afecta a varios sistemas del organismo y no encaja dentro de las enfermedades de los cuadros clínicos tradicionales. Por tal motivo, resulta difícil de detectar. Sin embargo, asegura que el problema es tan frecuente que tentativamente, de 100 pacientes que la consultan, 30 tienen enfermedades no especificadas; entre ellas, el estrés. Además, -continúa- éste puede tener otras consecuencias graves, como los trastornos mentales, básicamente afectivos.
 
“Nadie consulta directamente por estrés, pero en el interrogatorio uno se da cuenta de que el paciente sí se afecta. Temas relacionados con el trabajo empiezan a salir y más cuando la persona siente que se va a quedar sin él”, prosigue.

Una enfermedad contagiosa
Las preocupaciones por efecto de la pérdida del empleo afectan la vida familiar de la persona, puesto que cambia de estado de ánimo fácilmente. “Cuando uno sabe que se va a quedar sin trabajo, va a estar como ‘picadito de araña’ y cualquier cosa lo va a poner de mal humor, por lo que hay peleas a cada rato… No puede comer bien, pensando: ¿mañana con qué voy a suplir mis necesidades? No tendré con qué pagar la pensión de mi hijo y… ¿La cuota de la seguridad social? No tendré con qué”; comenta Nancy Moya, fonoaudióloga egresada de la Universidad de Santander, UDES, quien está desempleada desde hace más de seis meses.

La persona que se siente amenazada laboralmente, tampoco rinde igual en el trabajo: no se puede concentrar, en ocasiones pierde motivación para seguir, se ausenta y, si la situación es generalizada, se producen conflictos con los compañeros, por lo que el ambiente laboral también se “carga negativamente”. El mal se expande y las relaciones sociales, se perturban.

La situación empeora cuando la empresa recorta personal sin especificar hasta cuándo los empleados cuentan con el trabajo. Un profesor universitario que prefiere no revelar su nombre, comenta que “es como si a usted lo fueran a fusilar y luego le dijeran ‘no, mejor no, mejor en media hora’. Y luego que no, que para mañana. Y así lo tienen a uno… que sí, que no, que sí, que no y, al final, uno acaba diciendo ¡que me fusilen ya! Usted acaba deseando que lo echen rápido, de una vez por todas”.

Por esta misma razón, Luz Esperanza Toscano, quien trabajó durante 27 años en un banco, renunció. En julio del año pasado, hubo reestructuración y salida de personal. Quienes quedaron en la organización, pasaron a ser empleados de una cooperativa, por lo que sus salarios disminuyeron. “Nos dejaron a unos pocos con la carga laboral del resto”, comenta.

El cansancio y el surgimiento de la enfermedad que tiene actualmente, la artritis, fueron los motivos que la llevaron a dimitir. “Se olvidó la parte humana. La gente ni siquiera se acordaba de cuando alguien cumplía años. Todo el mundo vivía corriendo, no tenía tiempo para más”, agrega.

En este tipo de casos, la imagen de la entidad se “contagia” también. Debido a la tensión, los empleados no se sienten identificados con los principios, objetivos y en sí, con la empresa, por lo que baja su nivel de productividad. Como en una cadena, el malestar se traslada a los consumidores, de manera que, al final, toda la entidad acaba “infectada”.

Inestabilidad, un enemigo oculto
Detrás de esta clase de estrés, se encuentra la inseguridad laboral. Con el estilo de contratación que impera actualmente en Colombia, es decir, la firma de contratos a término fijo y de prestación de servicios, con los cuales, las empresas reducen costos en cuanto a prestaciones sociales; los trabajadores se ven abocados a la búsqueda constante de empleo.

“Cuando ya se acaba el contrato, llega el dilema de si me lo van a renovar o no y como éste es un país donde prácticamente todos los puestos son presionados por los políticos, uno ve cómo no tienen en cuenta que se haya hecho un buen trabajo. Aquí lo que importa es quién tiene la ‘palanca’ más fuerte… hay mucha depresión porque todo es incierto”, afirma al respecto la fonoaudióloga.

La ley 50 de 1990 contempla la posibilidad de que los empleadores den por terminado el contrato sin justa causa comprobada, con la condición de que se le pague a la persona una indemnización que comprende “el valor de los salarios correspondientes al tiempo que faltare para cumplir el plazo estipulado”.

Sin embargo, esto no tiene en cuenta los días, meses o hasta años, que la persona tarde en conseguir otro trabajo, ni mucho menos las repercusiones físicas y psicológicas del estrés, que se desencadenan a partir de estas circunstancias.

“Cuando el estresado entra en estado de agotamiento, la fase final del trastorno, estará condicionado a tener astenia (decaimiento) y adinamia (falta de fuerzas para realizar una actividad), que es no tener ganas de nada y se producen manifestaciones del organismo que aparecen como otro tipo de enfermedades. Obviamente, va a ser mucho más difícil para él o ella conseguir trabajo porque físicamente no se siente con las capacidades”, comenta la médica Samara Reyes.

Estar desempleado también implica no poder pagar seguro médico; por lo cual, la persona no puede recibir tratamiento “profesional” si sufre de dicho trastorno.

¿Cómo combatirlo?
Así como el estrés afecta a varios sistemas, también se puede lidiar con él de múltiples formas. Una de ellas es consultando a un psicólogo, psiquiatra o terapista ocupacional. Otra, recurrir a familiares o amigos en busca de apoyo para “desahogarse”, con el fin de equilibrar la parte mental y superar los problemas de una manera más tranquila. Así mismo, se recomienda practicar deporte regularmente, alimentarse bien y realizar técnicas de relajación o medicina alternativa.

Las empresas también juegan un papel importante a la hora de evitar estos males. Según el documento “La organización del trabajo y el estrés”, de la Organización Mundial de la Salud, este trastorno se puede solucionar con un “aumento de la calidad y cantidad de apoyo que recibe el empleado”, una mayor capacidad de decisión del empleado sobre la forma en que realiza su trabajo y la “modificación de las exigencias laborales” -en cuanto a la repartición de la carga, por ejemplo-.

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