El manto de oscuridad sobre el trabajo del sexo

Ago 1, 2005 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Héctor Barrera Bayona
hbarrera2@unab.edu.co
La noche empieza y el trabajo de mujeres como Camila y Liliana también.
“Yo tengo dos niños, uno de cinco y otro de cuatro años.
Por ellos es que hago todos estos sacrificios”, dice Liliana. Siete escalones
sirven de antesala al lugar en el que ella trabaja. La casa es color rosa y
adentro se ven muchachas en minifalda que pasan de un lado a otro, en medio
de una luz roja que mancha todo en ese salón.

Al pasar la reja de la puerta principal, un pasillo comunica con los secretos
que esconde el lugar: una barra de bar al lado izquierdo, al otro lado una pista
de baile rodeada por sillones rojos y mesas grises. Atravesando la pista los
dormitorios, provistos de una cama y una mesa de noche. El olor en ellos es
una penetrante mezcla de sudor y ambientador barato, especialmente en los colchones
viejos, testigos de encuentros y amantes fugaces. El lugar está casi
vacío, de no ser por una pareja que está charlando con dificultad
porque el merengue a todo volumen no deja escuchar mucho.

Las muchachas esperan sentadas a que lleguen los clientes y pasan el tiempo
charlando o jugando con un celular. Allí está ella, pensativa
y esperando la llegada de trabajo.

Liliana empieza contando que ha tenido novios pero no le duran porque lo único
que buscan es “un polvo gratis”. Para muchas personas la noche es
momento de la rumba y de pasarla bien; para ella es todo lo contrario: “A
veces quisiera que la noche nunca llegara porque tengo que hacer algo que no
me gusta y tengo que dejar a mis hijos”. Su familia no la recrimina porque
gracias a su trabajo comen.

En cuanto a la remuneración, Liliana afirma: “Gano apenas para
vivir, la tarifa es de 40 mil pesos pero a mí sólo me dejan $15
mil por cliente. Cuando lo hago sin condón me gano $15 mil más
y una comisión por lo que consuman”. A diario tiene que lidiar
con clientes problemáticos que a veces son violentos y en más
de una ocasión le han pegado.

El control médico se lo hace dentro de lo exigido por el administrador
del negocio donde trabaja, ubicado en el sector de rumba de la calle 30 con
carrera 30 de Bucaramanga: “Me los hago cada tres meses porque nos los
exigen para poder trabajar y por mi salud”.

Una infancia difícil, problemas de autoestima y explotación por
parte de sus jefes hacen que la vida de estas mujeres sea muy difícil.
A pesar de que esa situación es reiterada y se conoce, las entidades
oficiales no hacen mucho por ellas. Incluso la Secretaría de Salud Municipal
reconoce que no puede estar más pendiente con el argumento que las enfermedades
de transmisión sexual son consideradas “de índole privada”;
sin embargo, adquieren un carácter público al formar parte de
los 128 casos registrados el año pasado, cifra que según las propias
autoridades sanitarias tiende a ser mayor este año, y que lo vuelve entonces
un problema de salud pública.

El trabajo social que desarrolla la Secretaría de Salud con las trabajadoras
sexuales se enfoca en enseñarles a hacer una mejor negociación
frente a sus jefes y clientes (los dueños de los locales donde trabajan
las explotan dejándoles porcentajes a veces sólo del 10% de la
tarifa que cobran). Así mismo, las ayudan en el fortalecimiento de la
autoestima, les crean conciencia sobre la responsabilidad con su salud y la
de los demás, e incentivan el uso del condón ya que quienes buscan
sus servicios ofrecen mayor dinero por tener relaciones sexuales sin éste.

 

Las barbies de la carrera 15
En el centro de la ciudad los establecimientos tienen las mismas características
pero son más pequeños. El administrador del lugar se queja de
“lo dura que está la vaina”. Afirma que las mujeres de su
establecimiento cobran 20 mil pesos y ellas corren con el costo de la pieza
que es de $5 mil por 15 minutos. La Secretaría de Salud hace allí,
al igual que en todos los establecimientos, visitas cada 3 meses para una revisión
sanitaria y el Instituto de Salud de Bucaramanga (Isabú) exige un certificado
de salud a las trabajadoras sexuales.

Camila trabaja allí y la vida no le ha brindado mucho: “Mi último
examen fue hace 8 meses. Me los hago por mi oficio porque si por mi fuera me
moriría ya: la vida que me tocó es una basura”.

Sus ingresos son de 5 mil pesos por cliente. En una noche, si le va bien, alcanza
a ganar $30 mil, dinero que no le alcanza para vivir. Por eso trabaja medio
tiempo en una zapatería.

Mientras la fiesta se prende en el establecimiento, Camila cuenta que día
a día se lamenta de la vida que le tocó. Bebe una cerveza y comenta:
“ Yo empecé por una amiga que me trajo. Tenía 16 años
o sea hace 12 años. Me largué de la casa porque mi papá
me pegaba y también quería independizarme. Ahí fue cuando
me putié y me dieron 30 mil pesos que en ese entonces era platica”.

 

“Melissa, satisfacción garantizada”
Así dice un anuncio de prensa en el cual una joven universitaria ofrece
sus servicios sexuales. Al marcar el teléfono del anuncio contesta un
hombre que se encarga de hacer la negociación. Lo primero que se cuadra
es la tarifa y la descripción de la muchacha que se desea.

La diferencia en esta modalidad del negocio es el servicio a domicilio y los
precios. Por un baile erótico son 50 mil pesos, por la relación
sexual normal $80 mil y, como dice el hombre a través del auricular telefónico,
“si quiere conocer los más escondidos secretos de Melissa son 120
mil pesitos”.

Después de cerrar el negocio, Melissa se demora en llegar 30 minutos
y por fin se deja conocer. Es una muchacha de 26 años, su vestimenta
va acorde con la moda en un estilo Jennifer López. Su piel es morena,
1,70 de estatura, cabello ondulado y ojos cafés.

Se acomoda en el sofá de la sala y observa el lugar detenidamente. Primero
asegura los $80 mil y después, en un tono suave, pregunta: “¿En
dónde quieres el baile?” Sus instrumentos de trabajo los trae en
un morral y constan de un hilo dental negro, brasier con encajes, condones,
cremas lubricantes, cigarrillos y el teléfono celular al que la llaman
sus clientes de mayor trayectoria así como su jefe.

Melissa dice que los hombres que atiende son ejecutivos entre los 35 y 50 años
y que normalmente sus servicios los presta para fiestas y despedidas de solteros.
El tiempo que le dedica a cada servicio es de 20 minutos. Si el cliente desea
más tiene que pagar otra vez la tarifa y la exigencia que hace es que
cualquier tipo de relación sexual debe ser con condón.

A ella, igual que a decenas de mujeres (también hombres porque igualmente
hay prostitución masculina), se las contacta por avisos de prensa que
nadie controla. Como tampoco se controla los prostíbulos y menos los
delitos de explotación sexual y física que multiplican este problema
y que atentan contra la dignidad de estas personas.

 

Se conoce poco del problema
El último estudio oficial
sobre la prostitución en Bucaramanga fue de la Alcaldía hace dos
años y cubrió a 400 trabajadoras sexuales. Arrojó los siguientes
resultados:

• El mayor porcentaje de mujeres que se prostituyen, 28.7%, está entre 20 y 24 años
• Son consumidoras de drogas el 39.9%
• No han terminado la secundaria el 40.7%
• Tienen hijos y son cabeza de hogar el 51%

 

Crecen los abusos
Mujer y Futuro, organización no gubernamental que trabaja en Santander
por los derechos de la mujer, afirma que para las trabajadoras sexuales su autoestima
siempre se verá afectada, independiente del lugar donde practiquen su
trabajo y de la tarifa que cobren, por muy alta que ella sea.

Denuncia que los casos más dramáticos se ven en comunidades desfavorecidas,
como en asentamientos de desplazados, en los que los derechos de las mujeres
son violentados por hombres de su misma comunidad e incluso familia, que obligan
a las menores de edad a prostituirse.

La Pastoral Social de la Arquidiócesis de Bucaramanga denunció
hace poco que en los asentamientos de damnificados de la tragedia invernal de
febrero pasado, personas están llevando a las niñas a la prostitución
ante la falta de oportunidades que les brinda el Estado y la sociedad.

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