El sueño del robot

Oct 28, 2011 | Institucional

Roservind era un robot autómata y trabajador en las minas de Yanacocha.  A sus 160 años de edad, él aún estaba en servicio efectivo. Nunca descansaba, salvo los días en que tenía que recargase de energía o en los mantenimientos de máquinas autómatas.

Este robot servía en un época después de la “Gran Revolución Robótica” (fue de mucho mayor impacto que la Revolución Industrial) y poco después de la R.R.I. (Reforma Robótica Industrial) en las que millones y millones de robots fueron destruidos en todo el planeta por manos humanas. Aunque estas máquinas con inteligencia artificial eran muy avanzadas, nunca significaron un peligro para la humanidad, ya que su inteligencia nunca llegaría a ser comparada con la de un humano. Además, nunca tendrían la ambición y maldad para matar a ningún ser vivo o tener lo que los humanos tienen en especial, ese algo llamado… alma.

Roservind tenía una estructura morfológica de un humano. Cubierto de metal resistente a la corrosión, su rostro no reflejaba emoción alguna. Este servía como multiusos en la industria, ya que en toda una planta industrial sólo podría haber un máximo de 3 robots, según la ley 5 de la R.R.I. Realizaba labores como personal de limpieza, médico, contabilizador e instalador de dinamitas,  entre otros trabajos más.

 Diariamente era víctima de humillaciones por parte de los trabajadores. Le escupían, lo pintaban  y éste no entendía la burla de los que se reían de él.

Un día, Roservind estuvo trabajando a 4000 metros bajo tierra con más de 100 mineros. Fue entonces cuando sucedió el siniestro: hubo un derrumbe que cubrió de rocas y tierra todas las entradas de la minas. Tardarían más de 8 meses en rescatarlos, si estuviesen con vida.

Después de 4 meses los trabajadores empezaban a morir unos por hambre y otros por sed. Ahora, tan sólo quedaban unos 10 de los 100 que había. El robot no podía hacer nada, únicamente se dedicaba a observar la agonía de los restantes. Aunque no tenía emociones, podía pensar. Y recordó los viejos tiempos que tenía en su base de datos de memoria, aquellos en los que servía a una familia como mayordomo. Una familia poco afectuosa que lo vendió a un chatarrero. Sin embargo él no sintió disgusto alguno. Nunca comprendía por qué las personas eran tan impredecibles, por qué lloraban, reían, se lastimaban unas con otras…

Vio entonces al último minero vivo, pero al borde de la muerte. Se aferraba a una cruz y a una foto de su familia. Lloraba y poco después, murió.

El día del rescate, sólo lo encontraron a él. Todos pensaban que era un simple robot y no le dieron  ninguna  importancia. Sin embargo, él decidió irse a otro lugar a buscar seres semejantes y explicarles el verdadero valor de la vida.

José Santiago Bonet Rosario. 5B

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