En un riesgo, el sobreviviente es quien decide vivir

Sep 15, 2006 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Paula Alejandra Carrillo
pcarrillo2@unab.edu.co

“Cuando el avión chocó contra la montaña, sentí que me iba a morir y se me vino a la cabeza el terrible dilema de si Dios existía o no. Fue algo espantoso”.

Así empieza Roberto Canessa Urta a relatar esta situación límite, en la que, luego de un accidente aéreo en la Cordillera de los Andes en 1972, junto con otros compañeros, tuvo que alimentarse de carne humana y soportar temperaturas de hasta 30 grados bajo cero.

Con su historia recorre el mundo dando su testimonio de vida. Por eso estuvo en Bucaramanga hace unos días, en la Fundación Cardiovascular de Colombia.

El avión de la Fuerza Aérea Uruguaya que había salido de Argentina hacia Chile y que transportaba a Canessa Urta y a otros jugadores del equipo de rugby Old Christians, nunca cumplió su cometido:

descendió antes de tiempo y chocó, se desprendieron la cola y las alas de la aeronave y el fuselaje se convirtió en la casa de los que aún vivían.

El ingenio fue esencial para la supervivencia en condiciones inhóspitas.

Los jóvenes se inventaron unas gafas de sol para que la nieve no los cegara, frazadas, sacos de dormir, una máquina que convertía el hielo en agua, hamacas, “zapatos” hechos con maletas y arreglaron un radio transistor, para escuchar qué se decía de ellos en las noticias.

Cuál sería su sorpresa cuando supieron que se había suspendido la búsqueda: “Empezás a ver que el mundo te considera muerto y tú estás vivo.

Nos dimos cuenta de que teníamos que salir de allí por nosotros mismos y hacer equipos de caminata; porque es uno el que debe dar pasos para conseguir soluciones y no esperar a que otro lo rescate”.

A romper tabúes
El hambre acechaba y la gente se moría poco a poco.

Además, tenían miedo a las avalanchas, puesto que una ya había sepultado el avión y había matado a ocho personas.

En medio de la desesperación e impulsados por las ganas de vivir, surgió la idea de comer de los muertos.

“Yo no quería abusar de mi amigo, invadirlo, cortarlo… ¡y no podía preguntarle si aceptaba porque estaba muerto! Pero después pensé que si hubiera sido yo, habría sido un honor que gracias a mí, alguien conservara la vida”, cuenta.

En esa época, con 19 años, ya había cursado dos años de medicina.

Eso fue determinante para ayudar a los heridos; pero además, le sirvió a la hora de cortar los cuerpos. “Cuando estás haciendo eso, te sentís la persona más miserable del mundo y te preguntás si habrás hecho las cosas tan mal que Dios te pide hacer algo así…”, dice.

Pero el procedimiento se volvió parte de la rutina y fue una de las cosas que le dio energía para que, días después, cruzara la cordillera junto con otro jugador, Nando Parrado, en busca de ayuda.

Satisfacer las necesidades básicas era indispensable para sobrevivir. Pero la motivación de Canessa iba más allá: no defraudar a su familia.

Las ganas de seguir viviendo y de salvar a sus amigos, lo llevaron a caminar diez días y noches la cordillera de los Andes.

Mientras Roberto y Nando realizaban el titánico esfuerzo, habían muerto dos personas más en el avión. Llevaban el peso de 14 vidas más a cuestas. No podían desfallecer.

“Cada vez el aire era más fino y a 33 pasos tenías que parar porque sentías el corazón en la lengua”.

Según él, en esos momentos la resistencia física no resultó tan importante como el trabajo en equipo y el espíritu de ayuda mutua.

Cuando los dos sobrevivientes llegaron a la planicie y se contactaron con un campesino de la zona, Sergio Catalán, lo que más les preocupaba era el rescate de sus amigos.

Al cabo de dos días varios helicópteros viajaron a la zona con Parrado, el compañero de caminata de Canessa, como guía.

Volver del más allá
Sin duda, el accidente le cambió la vida. La naturaleza árida e implacable lo impulsó a confiar en una fuerza superior:

“Yo creo que está el Dios barbudo, que te dice que estás haciendo las cosas mal y el Dios de los momentos terribles, como el de los Andes, al que le pedís que no te deje y que no te abandone”.

Canessa Urta está convencido de que los miedos se convierten en barreras que impiden a la gente luchar por lo que quiere y salir adelante.

En la montaña, aprendió a superar obstáculos y tomar decisiones rápidas.

“Normalmente, cuando tú ves algo riesgoso dices ‘no, mejor me voy para mi casa’. Pero ahí no se podía: volver para atrás era morirse, avanzar era vivir”.

Y avanzó hasta convertirse en un reconocido cardiólogo y pediatra, padre de tres hijos y fundador del Partido Azul de Uruguay, con el que se lanzó hace unos años como candidato a la Presidencia de la República.
Canessa, supo convertir su experiencia en filosofía de vida.

Considerar el dolor de la tragedia como una buena, pero muy dura, lección es algo difícil de imaginar. Él sigue agradecido por haber “vuelto de la muerte”. “Es sacarte de encima el peso de un condenado…Eso fue lo que sentimos”.

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