Extranjeros con alma bumanguesa

Oct 1, 2006 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Viviana Andrea Vega
vvega@unab.edu.co
Por “cosas de la vida”, Ruby Rivera, una licenciada en periodismo de la Universidad de Cuautitlán Izcalli (UCI), en México, llegó a la ciudad para realizar un semestre de estudios. Sin embargo, su única referencia era que la universidad en la que estaría quedaba en Colombia.

Cuando supo que iría a una ciudad llamada Bucaramanga, la pregunta fue: “¿A dónde fregados me van a mandar?”

A pesar de ser la quinta ciudad más importante del país, este municipio de Santander no es el lugar que más se destaca en la geografía nacional. Pero esto no impide que algunos extranjeros, como Ruby, la visiten por diversos motivos y, en algunos casos, se queden, para continuar la vida lejos de la patria, pero con un nuevo hogar.

“Me dijeron que llevara ropa ligera, porque iba a un lugar al lado de la selva. Cuando llegué, estaba haciendo un frío terrible”, comenta la mexicana. Le parece extraño el clima de Bucaramanga, pero se ha adaptado tanto a éste como a las costumbres de los santandereanos.

“Acá se pelean las dos horas del almuerzo en la casa”, dice sonriendo, ya que en México este tiempo es un privilegio inalcanzable. A pesar de que extraña su casa, dice que es una gran experiencia, porque “ha aprendido mucho”.

Cosmopolita de tomo y lomo

En un apartamento de la esquina de la calle 36 con carrera 16, funciona una mezquita, un centro de oración de la religión musulmana. Fue establecida por un grupo de personas que profesan esa creencia hace aproximadamente dos años.

“Antes quedaba en Campohermoso y la trajimos para acá, porque queda más cerca de donde trabajamos”, explica Alí Zogbi, un comerciante libanés que ha vivido 5 años en Bucaramanga, pero ha rodado por el mundo por mucho tiempo. Incluso, uno de sus tres hijos nació en San Andrés, el otro en Maracaibo y el último, en tierra bumanguesa.

Los musulmanes están celebrando el mes del ayuno, llamado Ramadán. Zogbi está interesado en que se conozca bien su cultura, porque a veces se malinterpretan sus creencias.

Sólo quienes practican el dogma están cobijados bajo las normas del mismo y son muy tolerantes con todas las personas: “Las puertas de la mezquita están abiertas para todo el que quiera saber sobre nuestra religión”.

50 personas asisten a la mezquita regularmente y la religiosidad es de suma importancia para sus vidas.

“Nosotros somos muy conservadores en cuanto a las costumbres: mis hijos son educados para el Islam y mi esposa lleva el velo”, indica. Además, sus tradiciones gastronómicas son importantes y las mantienen todos los miembros de su familia.

No obstante, se han adaptado a la ciudad y piensan quedarse unos años más. De todos modos, él quiere seguir viajando por el mundo y volver algún día a Líbano, para que sus hijos conozcan su patria y terminen de criarse según sus costumbres.

Al mar y… a amar

Las grandes pasiones del ser humano lo conducen por caminos inesperados. Ronald Gutiérrez es chileno y lo sabe por experiencia propia. Vino a bucear en aguas cartageneras y se quedó 32 años:

“Llegué aquí por mi pasión, pero me ofrecieron trabajo y me quedé”. No obstante, no fue su única razón. Después de que se instaló, Ronald se enamoró de la que aún es su esposa, una bumanguesa que lo trajo a la tierra de los comuneros.

La ciudad le abrió sus puertas de par en par: “Tuve una buena acogida: empecé a trabajar como publicista en Vanguardia Liberal y me fue muy bien”.

Este colombo-chileno, como él se define, tiene un “negocito” que le permite llevar una vida descansada. Pero no se queda quieto: es el presidente de la colonia chilena de Bucaramanga, conformada por aproximadamente 84 personas.

“Hay más, pero somos los que ‘hacemos bulla’”, explica riendo. No sólo los chilenos tienen su colonia; personas de otros países también lo han hecho. Éste es el caso de las colonias española, italiana, venezolana y la argentina, entre otras.

Algunas se reúnen únicamente en eventos y, otras, como la que dirige Gutiérrez, están visiblemente más organizadas. Ronald considera que se debe estimular el sentimiento de alianza entre colombianos y chilenos mediante diversas actividades.

Entre éstas, se destacan las muestras culturales, gastronómicas y turísticas que han realizado en colegios y universidades: “Nosotros vamos a donde nos inviten, porque estamos interesados en que conozcan nuestra cultura”.

El proyecto más importante es la presentación, más que todo en colegios, del baile nacional chileno, la cueca. Estas exposiciones afianzan el intercambio cultural y, como enfatiza Gutiérrez, “para ir a Chile no se necesita ni pasaporte ni visa, sólo las ganas de conocer el país”.

En busca de las raíces

“Cuando llegué, no recordaba sino una montaña de Piedecuesta”, comenta María Luisa Vidal, una santandereana de 21 años que vino a reencontrarse con su pasado perdido. Fue adoptada a sus 5 años por una familia española y ha vivido 16 en Valencia, España. Sin embargo, no olvida que su historia está arraigada a las tierras de Santa Helena del Opón, donde vivió hasta los tres años.

 “Mis papás murieron víctimas de la violencia y nos trasladaron a mí y a mis hermanos a un orfanato de Piedecuesta”, recuerda María Luisa. No muestra rencor en sus palabras; le fascina Bucaramanga y no se arrepiente de haber venido.

Su adopción y la de sus 4 hermanos era un proceso complicado: no tenían por qué separarlos, pero no los podían adoptar a todos juntos. Pese a ello, todo se resolvió: tres familias diferentes los adoptaron.

“Los dos menores nos fuimos con la pareja más joven, los de la mitad con los que les seguían y la mayor con los más viejos”, explica riéndose. Las parejas se comprometieron a mantener el contacto y los niños crecieron juntos, aunque todos tenían diferentes apellidos. Aún se ven cada rato y comparten mucho, porque sus edades distan muy pocos años entre sí.
El nombre de María Luisa, antes de su adopción, era Rosmira: “Mis papás adoptivos nos preguntaron, cuando ya teníamos uso de razón, si queríamos cambiarlo. ¿Por qué no empezar una nueva vida con un nuevo nombre?”.

Así, la pequeña inició un camino nuevo en el viejo continente y, según dice, fue un cambio tremendo. “Con la comida me dio muy duro. No comía nada y le decía a mi mamá que todo estaba podrido”, dice María Luisa, con una risa entre dientes.

Ella vino porque añoraba el país, así sus recuerdos infantiles fueran difusos. “¡No me pude venir antes de cumplir los 18 años, sino hace rato hubiera estado aquí!”, exclama. Además le tocó trabajar dos años para costearse el viaje. Ella volvió a su casa en la península ibérica el pasado 25 de septiembre, pero su anhelo por regresar es aún mayor y por eso, está tramitando los papeles para volver a inicios de 2007 a culminar su carrera de periodismo en la tierra que la vio nacer.

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