La plaza de los vendedores nocturnos

Sep 1, 2005 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Textos y fotos Camilo Jaimes Ocaziónez
cjaimes2@unab.edu.co
Ocho de la noche. En el límite de los barrios La Rosita y Campohermoso,
la luz de los vehículos en fila parece el rabo de una tortuga gigante
con iluminación debajo del caparazón.

Al llegar, paralelas a la plaza de mercado, hay una serie de misceláneas
alineadas, muy pequeñas, en las que venden todo tipo de baratijas, desde
juguetes de cuerda hasta toallas. Desde calculadoras solares hasta canastos
y comida. Trompos, cuadernos, vajillas, baldes, aceite, chocolate, granos, arroz.
Una señora señala y hace la aclaración: “Esto es
lo que queda del Sanandresito Municipal”. Luego indica en dirección
a la plaza: “Allá queda la plaza de Asovén”, Asociación
de Vendedores Nocturnos.

Geografía
En la entrada nororiental, cerca de un minúsculo parqueadero, hay una
carnicería decorada con patas de gallina, menudencias, vísceras,
sesos, rojísimos pedazos de carne para asar y cabezas sonrientes de marrano.
El techo de la plaza está atiborrado de fluorescentes y bombillos. Pasos
adelante, hacia el centro, a mano derecha están las pescaderías
y luego, más adelante, otras carnicerías, ventas de pollo, cerdo,
queso, mortadela.

El olor, como en la gran mayoría de las plazas de mercado, es confuso.
Es posible percibir un aroma ambiguo parecido al de la tierra húmeda,
acentuado por el aroma rancio de la carne y matizado por el perfume dulce de
las naranjas, las piñas, los melones y las verduras.

Los campesinos están en el extremo suroccidental de la plaza, al rincón.

Es necesario caminar entre gente con sombrero, niños cargueros, bultos,
cajas y algunos desperdicios variopintos, para llegar hasta el recoveco en el
que, sólo dos días a la semana, los campesinos venden sus hierbas.
Aquí el olor a orégano, albahaca, manzanilla y hierbabuena es
delicioso.

Historia
Son las nueve. “Aquí nunca hay horario, ni hay día, porque
en esta plaza el trabajo es impredecible”, dice Milson Vásquez,
vendedor de hierbas, mientras decora su local con las flores amarillas y naranjadas
de la caléndula. “Aquí en la plaza todo lo que se vende
es muy fresco porque todos los días traen las cosas del campo”,
explica orgulloso.

“Yo llegué hace dos años. El viejo Teodoro vive acá
desde que los vendedores se vinieron”, cuenta Milson. A dos metros, un
señor está sentado con la pierna cruzada sobre unos costales.

“En esos costales el viejo guarda la almohada y el colchón. Entonces
cuando éste se va [dice refiriéndose a Milson], el viejo viene
y se echa a dormir en el piso del puesto”, añade de improviso Nubia
Mendoza, una campesina yerbatera con dientes de oro que viene a vender sus matas
dos veces a la semana desde la vereda de Santa Rita, cerca de Rionegro.

Teodoro tiene 77 años y al igual que muchos jóvenes tiene el
hábito de usar una cachucha de beisbolista que no se quita ni bajo sombra
ni por la noche. No obstante, tiene la piel curtida por el sol. Es un hombre
de manos grandes y estatura baja. Mira de soslayo. Es tímido pero sonríe
mostrando los pocos dientes que le quedan. Sabe que están hablando de
él.

Todos los que vinieron a la plaza trabajaban como vendedores ambulantes en
la carrera 15 entre las calles 33 y 34, en el Centro de la ciudad. “Pero
los policías nos perseguían y no nos dejaban trabajar, entonces
decidimos organizarnos y el Gobierno nos consiguió acá”,
recuerda el anciano, mientras cuenta con minucia un fajo de billetes de mil
y de dos mil pesos.

“Hay 50 mil pesos”, dice sonriente. La venta de las hierbas y de
las frutas puede cambiar según la época. Los días de Navidad,
Teodoro y Milson pueden vender hasta 200 mil pesos entre hojas de menta, atados
de hierbabuena y flores de alcachofa. Cuando les va mal, alcanzan a vender un
poco más de $20 mil. “Con eso vivimos. Los que trabajamos a este
lado, en el piso, no tenemos que pagar sino 2.500 pesos diarios por el puesto”,
afirma Teodoro.

Clientes
Los vendedores nocturnos se aprovisionan de productos a cualquier hora del día.
Algunos, en especial los que venden frutas y verduras esperan a que a las tres
de la mañana lleguen los campesinos para negociar. Otros prefieren ir
a comprar las cosas hasta Centroabastos. “El viernes es el día
más movido porque nos preparamos para la venta del fin de semana. Nosotros
tenemos que comprar mucho para poder vender barato”, dice Luis Duarte,
vendedor de frutas.

Marcela Rangel, comerciante del Centro de la ciudad, tiene 24 años,
ochos meses de embarazo y es clienta fija. “Hoy [martes] vine a hacer
mercado porque el fin de semana pasado no pude: yo prefiero venir los fines
de semana porque los precios son un poco mejores. Aquí con 50 mil pesos
compro lo que en un supermercado compro con 80 mil”, comenta y añade
que los productos son muy frescos y de buena calidad.

Balbina Villalba, de 65 años, trabaja como ayudante de cocina y dice
con alegría que desde que descubrió la plaza nunca volvió
a hacer mercado en otra parte porque “aquí rinde la plata más,
dan ñapa, y no me toca madrugar a hacer mercado los fines de semana”.

Matemáticas
Nueve y media de la noche. La oficina de la administración de la plaza
está resguardada por una reja azul celeste cerca de las ventas de menudencias,
vísceras y pescado. La reja se abre y da paso a unas escaleras por las
que no pueden subir y bajar dos personas al mismo tiempo. Esmeralda Hurtado,
la secretaria de la Junta Administrativa, trabaja frente a la pantalla de un
computador. El teléfono suena constantemente. “En esta oficina
arreglamos todos los problemas de la plaza”, exclama.

Asovén tiene 250 socios que han ido cambiando a lo largo de los últimos
siete años y que son representados por una junta directiva de siete miembros
escogidos en forma democrática.

“El presidente de la Junta trabaja aquí en un local de la plaza”
indica Esmeralda.
Al otro lado, frente a la oficina, en la zona de las frutas y las verduras,
está Leonel Prada, el presidente de la Junta Directiva de Asovén.

“Todo empezó más o menos en el 86 [año en el que
se agruparon y obtuvieron la personería jurídica]. Aquí
estamos acostumbrados a no dormir porque para nosotros la noche siempre ha sido
para trabajar: al comienzo la Policía no nos dejaba trabajar de día
en la calle, entonces nos fuimos para la noche, pero después tampoco
nos dejaron trabajar de noche hasta que nos vinimos para acá”,
comenta Prada.

“De los 250 que llegamos del Centro en 1994 sólo quedamos 80 socios
porque muchos se fueron quebrados o vendieron”, cuenta. “Al comienzo
la plaza era un terreno que estaba invadido por la gente de la calle, los viciosos
y las prostitutas. Lo escogimos por la ubicación y todo eso [refiriéndose
a los viciosos] se fue bajando para Campohermoso con ayuda de la Policía”,
explica.

Para los vendedores nocturnos es muy importante el aseo de la plaza y la seguridad.
La Asociación posee una volqueta que lleva la basura todos los días
al Carrasco, una planta eléctrica “en caso de que se vaya la luz”,
cuatro vigilantes con sendos teléfonos celulares y bolillos, y un empleado
del aseo que lava y barre todos los días por la mañana, cuando
está cerrada.

Dos mujeres jóvenes están escogiendo limones de entre las frutas
del presidente. “Yo duermo entre las once de la noche y las tres de la
mañana. Y duermo entre las siete y la una de la tarde”, aclara
Leonel Prada. La plaza abre a las dos de la tarde todos los días, incluidos
domingos y festivos, y cierra a las seis de la mañana.. “Lo más
importante es que nuestra plaza ha tenido una gran acogida porque las señoras
y los señores que trabajan vienen a hacer mercado a la hora que puedan.
En diciembre vamos a festejar los 11 años de este lugar. Aquí
todos estamos felices”.

Son las diez y media de la noche. El presidente de Asovén está
satisfecho con las ventas: “Hoy el ‘día’ ha estado
muy bueno”.

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