La señorita Carmela murió de pena moral

Abr 23, 2007 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Pastor Virviescas G?mez
pavirgom@unab.edu.co
Carmelita Amaya muri? a los 93 de edad, se?orita, sin conocer un computador ni tener un celular y en la m?s absoluta pobreza.

No med?a m?s de 1,50 metros, su piel estaba ajada por el Sol, no usaba zapatos y sobreviv?a merced a la caridad oficial. Jam?s pis? una escuela y por siempre crey? que allende la Laguna de Tota no exist?a nada m?s.

La conoc? en el a?o 2000 en la vereda Chincu?, del municipio de Pesca, un pueblo pobre extraviado en el tiempo y en las monta?as de Boyac?.

La cuarteada cara de Carmelita, coronada por un viejo sombrero remendado, se asomaba cada ma?ana por la puerta de su ranchito de bahareque, para luego sentarse en una piedra a cardar lana hasta que cayera la tarde.

Esa rutina s?lo era interrumpida por los ladridos de su perra Pinina, que ped?a agua y comida, y para orde?ar su vaca, que le daba la leche suficiente para no desfallecer. Su gallina milagrosamente engordaba con lombrices que extra?a de la tierra.

No pose?a otro bien terrenal, pero ning?n d?a se ahorr? la sonrisa que le aportaba m?s y m?s arrugas.
Su vista intacta le permit?a ver la torre de la iglesia del pueblo a la distancia, a donde cada domingo acud?a a misa de 10 de la ma?ana, y las enormes c?rcavas que ha dejado la erosi?n.

Por esa raz?n daba gracias a Dios por las gotas de lluvia que espor?dicamente le regalaba, las cuales almacenaba con celo en una olla de aluminio y en el tanque del lavadero que le construy? don Juan Rinc?n, su mecenas.
?l, un ingeniero qu?mico oriundo de la regi?n, fue quien se apiad? de Carmelita y le permiti? ampararse bajo el techo de zinc.

Don Juan nunca entendi? por qu? el padre de Carmela, propietario de una extensa finca en Pesca, la deshered?, vendi? el terreno y la dej? en la f?sica inopia junto a su madre.

Cada vez que la iba a visitar, ella se lo agradec?a con un caf? servido en un pocillo esmaltado en el que hab?a que usar el dedo ?ndice para tapar el agujero mientras aligeraba los sorbos.

Cocinaba en un fog?n de le?a que hab?a barnizado de holl?n todas las paredes y se hab?a colado a su pieza, donde no hab?a m?s que un catre de madera, dos cobijas de lana, un altar repleto de v?rgenes y santos, una estampa plastificada del Divino Ni?o y un ba?l.

Los meses de abril eran id?nticos a los de agosto o diciembre. Transcurr?an lentamente, mientras Carmelita segu?a hilando la lana por la que le pagaban ?unos cuantos centavos?.

Y as? sucedi? durante casi un siglo hasta que en el pasado mes de agosto decidi? recorrer el kil?metro y medio hasta el pueblo, con el ?nico prop?sito de ver qui?n se apiadaba de ella y le suministraba un mendrugo de pan.

Se levant? de madrugada, esper? a que la oscuridad le diera paso a los primeros destellos, se puso su falda morada escocesa y su saco verde, se acomod? el escapulario y empez? el descenso por el camino salpicado de piedras.

Lo hac?a con pausa porque su coraz?n le estaba dando brega, pero de un momento a otro resbal? y cay? pesadamente al suelo.
Inconsciente, fue recogida por un vecino que alcanz? a verla y le ayud? a reponer con el caldo que prepar? con su ?nica gallina. Luego la llev? al puesto de salud, donde la enfermera qued? perpleja.

En el esquel?tico cuerpo de Carmelita caminaban atropelladamente y saltaban al vac?o decenas, cientos de pulgas; bichos que nadie sabe desde cu?ndo estaban desangrando a esta campesina que no se quejaba de nada.

Una vez recuperada, fue trasladada al ancianato, donde las monjas le recordaron a Carmelita que si les hubiera hecho caso vendiendo la vaca reci?n parida, ese dinero habr?a servido para cuidarla y hacerle su entierro el d?a que el Creador decidiera llamarla a su reba?o.

En el asilo Carmelita se sent?a extra?a, prisionera, inconforme. ??Por qu? me han quitado mi libertad??, les dec?a a amigos como Martha Rosa -compa?era de don Juan-, quien la visitaba para darle su aliento.

??Por qu? me han quitado lo ?nico que tengo??, exclamaba por los pasillos de la casona, con cierto aire de mal humor.

Presta a recuperar ese capital, Carmelita hasta intent? escapar subi?ndose al tejado que da a la casa cural, pero no lo logr?.

No pasaron m?s de dos meses despu?s del accidente y Carmelita opt? por abandonar su trasegar por este planeta. No estaba dispuesta a pagar semejante precio y falleci? el 12 de octubre, el mismo d?a de su cumplea?os.

Un pariente lejano, de los que siempre aparecen a ?ltima hora pero que jam?s asomaron su nariz en los largos a?os de penuria, se hizo presente, vendi? la vaca y con parte del dinero cubri? los gastos del sepelio.

Hoy, en el cementerio de Pesca, hay una l?pida con el nombre de Carmelita Amaya quien, seg?n sus conocidos, muri? de pena moral.

Quedaron las im?genes religiosas y los peroles ahumados. La perra se cans? de esperar y desde enero se traslad? a la casa de don Juan, donde cuida con celo cuatro cr?as. El ba?l desapareci?. Alguien, amparado en las tinieblas, lo rob? pensando encontrar morrocotas de oro.

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