Talleres para bajar las penas

May 2, 2005 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

El Inpec tiene diseñado dentro de su programa carcelario capacitación en algún arte u oficio a las internas, así como cursos y talleres de Fomento y capacitación laboral que pueden realizar allí e ir recibiendo un sueldo dado por los diferentes contratistas externos, aparte de aquello de disminuir tiempo de prisión.

Hasta la fecha hay seis empresas externas que fabrican guantes, esponjas, dijes y porcelanicrón, todas de Bucaramanga, que tienen convenios con el Inpec para darle oportunidades de trabajo a las reclusas. Los trabajos de tejidos y modistería son producto de otros cursos. En uno de los talleres se fabrican herrajes y hebillas para correas, aretes, dijes y accesorios en plata para la empresa Fantaxías, ubicada en el barrio Girardot. Allí, una persona capacitada y enviada por la empresa se encarga de enseñarles y distribuirlas por tareas, es decir, unas pegan el material, otro grupo lo funde y otro lo arma y pule hasta quedar listo para la venta.

Otro taller es el encargado de hacer guantes para aseo, para coger elementos calientes y para electricidad. En éste trabajan cerca de 30 personas desde jóvenes de 20 años hasta señoras de 40 a 50 años que, de canto en canto y risa en risa, van haciendo su labor y conversan de sus asuntos personales y vivencias de la vida.

En una habitación más pequeña funciona otro donde se hacen figuras con imágenes de la Virgen María, Jesucristo, y otros Santos.

"Yo me encargo de pegar la imagen, luego la decoro con un aro dorado encima y queda bonita. Debemos hacer bolsas de cien estampas para venderlas por paquetes y ganar a ocho pesos cada una", expresó una de las reclusas. Al mes, ella hace entre diez y quince mil imágenes para obtener un sueldo de 80 ó 120 mil pesos. En el pasillo, 15 mujeres más se encargan de hacer los brillos de cocina que sirven para lavar las ollas. Cada una, sentada en una banqueta y con un costal en medio de sus piernas lleno de pequeños cortes de alambre, va armando el producto que luego será empacado por docenas.

Aminta Peña tiene sus manos grises por los residuos de metal y lleva pedazos de esparadrapo y curas envueltas en las puntas de los dedos, por las cortadas que produce darle vuelta al alambre. Ha estado 18 meses en la cárcel de Pereira, 18 meses en la de Medellín, 5 años en Bogotá, 5 meses y medio en Pasto y desde noviembre del 2001 está en Bucaramanga. Paga 14 años de cárcel por secuestro extorsivo.

Ella es tolimense, tiene 54 años y tres hijos. "Ninguno me ha visitado por la situación económica, por sus compromisos, porque me olvidaron, no lo sé. Me han contado que no me quieren. Debe haber algo más importante para ellos, pero no es la forma de marcharle a una madre por más que sea", dice con tristeza. Ella espera ver la libertad en 2006.

El trabajo es la única fuente de ingresos que reciben las internas para poder comprar su jabón de baño, papel higiénico, toallas, gaseosas, cigarrillos, empanadas y los "toques" (fichas para llamar por teléfono), pues con las 305 internas que hay no alcanzan las ayudas o donaciones para los útiles básicos.

Como Aminta, la mayoría trabaja para mantener la mente ocupada, ganar dinero para sus hijos o para que el tiempo se les haga más corto: "Antes no pensaba en mi libertad, me quería morir y ahora sólo espero salir a trabajar: quiero poner un supermercado".

¿Se arrepiente de lo que hizo?, le pregunto.

"Claro, porque perdí lo mejor, el afecto de mi familia. Como al año de haber caído, de estar presa, mis hijos estaban fríos conmigo. Eso fue duro, yo no pensaba en la palabra libertad".

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