Un ángel de carne y hueso

Jul 15, 2005 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Linsu Fonseca
linsu@latinmail.com
A sus 8 años, Albeiro cometió por caridad su primer y único
delito: robo. Entraba a su casa como un gato escurridizo y hurgaba entre la
bolsa del pan para sacar uno. Y emprendía la huida. No era para él
sino para Josefa Barrios, una anciana de casi 100 años a quien empezaba
a visitar ese mes de enero de 1986 y a quien el hambre llevaba a mascar colillas
de cigarrillo y hojas de las plantas de su jardín.

Vivía encerrada todo el día en una habitación mientras
su hija salía a trabajar. Le dejaban alimento pero la anciana se comía
todo en la mañana y en la tarde su estómago ya le estaba reclamando
otra ración.

“Yo le llevaba el pan de mi casa pero ella no tenía dientes”,
recuerda Albeiro. Entonces se lo daba remojado con agua. Así pasaron
los días y el niño seguía con su cometido de hurtar pan
para ella. Un día su suerte falló…
– ¿Estás quedando con hambre en la escuela? – Le cuestionó
su madre con voz acentuada y algo elevada de tono.
– Mamá, el pan no es para mí sino para una abuelita enferma que
tiene hambre – Respondió el chico.
– Albeiro, por qué no me dijiste. Mañana te regalo tinto para
que se lo lleves temprano…
Josefa no fue la única persona que empezó a recibir su ayuda:
cada mañana crecía la lista de abuelos a los que él les
llevaba tinto. “Mamá, hoy son dos tintos más. Al día
siguiente: mamá cuatro… mamá cinco… hasta que llegaron
a 20”.

La economía de entonces en el hogar del pequeño no daba para
sostener la merienda de tanta gente. Escasamente había para llenar las
bocas de las 11 personas que habitaban aquel rancho donde vivían, ubicado
en una callecita del barrio Transición 3, de Bucaramanga. “Más
tarde mamá era quien me ayudaba a prepararle el almuerzo a esos mismos
20 abuelos que por su edad no podían hacerlo. Eso sí, yo tenía
que salir a pedir comida para alimentarlos. Fueron mis primeros tiempos cuidando
ancianos. Y pensar que hoy ya tengo 120 abuelitos bajo mi cuidado”.

La peregrinación de los ángeles
El primer anciano al que cuidó con esmero hasta el día de su muerte
fue a su propio abuelo, Josefito. El octogenario hombre calvo, de barba blanca
y apariencia agonizante le enseñó al niño que un abrazo
es la mejor medicina para remediar las tristezas del alma.
Cuando Albeiro tenía siete años murió su abuelo y esta
pérdida dejó un vacío enorme que intentó remediar
brindando su cariño y compañía a otros ancianos de subarrio.

Para ayudarles, Albeiro, el séptimo de los ocho hijos de Ismenia y Eliécer,
decidió cambiar su rutina de levantarse a las 5 de la mañana con
el olor a maíz y quesode las arepas que preparaba su madre, y que él
y sus hermanos tenían que salir a vender a la calle. Faltando 10 minutos
para las 7 ya tenía desocupado el plato de arepas y entregaba a su progenitora
las cuentas de lo vendido. Corría a vestir el uniforme que lo identificaban
como estudiante de la Escuela Fe y Alegría, y en clase esperaba que el
reloj volara para salir y emprender camino a casa de alguno de sus abuelos.

Un día de octubre de 1986, Albeiro y su hermana menor Deicy decidieron
reunir a todos sus viejos los sábados por la tarde. Pues manos a la obra.
Llamaron casa por casa a cada uno y en la cancha La Bombonera, un peladero rodeado
de basura donde jugaban fútbol en el barrio, lograron reunir a 6 personajes.

“Yo les leía la Biblia y mi hermana jugaba con ellos”. Al
siguiente sábado ellos mismos llamaron más abuelitos y llegaron
12. La bola se fue regando y más iban llegando. En una tarde podían
llegar hasta 30 y ya los dos niños no alcanzaban para atenderlos a todos.

Así que hicieron una convocatoria entre los amigos. Llegaron compañeros
del colegio y vecinos más entusiasmados. La alegría les duró
hasta que Albeiro les contó que era para jugar con los abuelitos, que
no había paga, ni regalos: sólo 15 vecinos sobrevivieron a la
noticia. Fue allí cuando nació el grupo de Ángeles Custodios,
nombre que le daría semanas más tarde la hermana franciscana Teresa
Barrios. “Ella decía que ángeles porque acompañan
y custodios porque protegen”.

Así fue. Los ángeles, como la gente empezó a llamarlos,
salían cada sábado a visitar a los inválidos y otros se
reunían en alguna cancha del barrio para divertir a los viejos.

“Un niño me dijo una tarde que por qué no los bañábamos.
Todos nos miramos como asustados”. La mágica idea de uno de los
pequeños ángeles le sonó a Albeiro quien un sábado
de noviembre la hizo realidad.

“La primera en probar nuestros baños se llamaba Sagrario y vivía
en el sector 5, cerca de mi casa”. Su hija vivía al lado pero como
trabajaba todo el día la dejaba con candado para que no fuera a entrar
algún violador o un ladrón. La llave la metían debajo de
una piedra y Albeiro sabía dónde encontrarla. Él ya tenía
9 años y junto a sus compañeros entró a la casa y como
pudieron la sacaron, mientras ella los miraba aterrada.

“La puerta de su habitación era estrecha. Nosotros apenas éramos
4 flacuchentos para alzar a la anciana robusta, de 75 años”. Una
caída a su edad podría ser fatal. Pero los niños lograron
sacarla y sentarla en una base de cemento por donde pasan las aguas negras.
Esos eran los milagros de estos ángeles.

En la búsqueda de un hogar
La lista de abuelitos sin hogar había crecido con el paso de las semanas.
A veces el muchacho lograba reunir algo de dinero para buscarles hogar provisional
pidiendo ayuda a las señoras que asistían a los grupos de oración
de la parroquia San Vicente de Paul. “Yo me buscaba a las que se vieran
más elegantes. Les contaba lo que hacíamos y no les pedíamos
dinero, sino que las llevábamos a ver a los abuelos y ellas nos ayudaban
a pagarles una habitación en un lugar decente”, recuerda Albeiro.

Otras veces él y sus ángeles se prestaban para ayudar a vender
arepas. Cuando era Navidad se iban caminando hasta Matanza, un municipio a una
hora de su casa, de donde bajaban musgo de los árboles, lo empacaban
en bolsas plásticas e iban al barrio a venderlo para adornar los pesebres.
No obtenían mucho pero cualquier cosa era ganancia.

“Un día pensé en llevarlos a mi propia casa, pero era demasiado
pequeña para todos”. En una de sus andanzas por Matanza, Albeiro,
ya de 10 años, divisó una vieja construcción abandonada.
El lugar parecía una mansión y llevaba por nombre ‘Los Pajaritos’.
Era un viejo motel que años atrás había sido uno de los
más solicitados por las parejas bumanguesas.

Allí se llevó a vivir a 40 ancianos. No sin antes casi suplicarle
al administrador que tuviera misericordia de aquellos viejos que no tenían
un techo y mucho menos un peso con qué pagarle. Éste no se enfadó
por la invasión de ancianos a su propiedad y los dejó quedarse
ahí.
No faltaban las parejitas que llegaban buscando un espacio para dejar salir
sus pasiones. Cruzaban la reja y cuando llegaban a una habitación, encontraban
a un abuelito roncando feliz su siesta.

Una ciudadela para los ancianos
Albeiro tenía que seguir saliendo a pedir comida para todos sus abuelos.
“Me levantaba temprano y me iba a los graneros de la carrera 15 a pedir
alimento”.

Su única arma era un viejo artículo de Vanguardia Liberal donde
se contaba la historia de “El ángel del Norte”, un niño
que cuidaba abuelitos.
“Sí, yo soy ese niño, colabórenme que tengo que alimentar
a 40 ancianitos”. Unos comerciantes se reían mientras otros le
daban monedas de 10 pesos. Sólo unos cuantos le regalaban pan, chocolate
o unas bolsas de arroz.

Los días pasaban así, sin mucha novedad, hasta que una madrugada
de marzo de 1991 la puerta sonó con insistencia. Albeiro se alistaba
para llevar el tinto, pero corrió a ver quién tenía tanto
afán. Al abrir la puerta apareció frente a él un hombre
alto y con un acento algo gangoso.
– Hola, soy Tony Comiti y quisiera hablar contigo…

El muchacho no lo dejó terminar la frase: “Disculpe señor,
pero ahora no tengo tiempo. Vuelva después”. El hombre era un periodista
francés que buscaba al pequeño de 12 años protagonista
de una noticia del diario El Tiempo que se titulaba “Cuarenta ancianos
dependen de un niño”. En ese momento, Albeiro ignoraba que el video
que Comiti haría sobre su vida lo haría Personaje Ilustre en Francia
ese año y 9 años después, en 2000, le promocionaría
su nominación al Premio Nobel de Paz.

Los franceses se conmovieron ante la historia, tanto que una cadena de televisión
lo invitó a uno de sus programas. Su paso por Francia fue fundamental
para conseguir los fondos que le permitieron un año después comprar
la primera casa, en otra zona pobre de Bucaramanga, que le serviría de
albergue a 20 abuelitos.

Los sueños del niño no pararon, como tampoco los inconvenientes.
Albeiro, a los 14 años, se fue de su hogar. No fue por rebeldía,
sino porque debía supervisar sus dos hogares: el antiguo motel y la nueva
casa.

El chico estaba extenuado. Cada día era más difícil conseguir
alimento y dinero para mantenerlos. Además, en una de sus casas sufrieron
un robo que había asustado a los ancianos y los había dejado sin
cocina y provisiones. “Un día estaba tan desesperado que le dije
en mis oraciones a Dios: Señor, si no me vas a ayudar a darle una vida
digna a tus hijos, yo no sigo con esto”.

Ya por su cabeza cruzaban pensamientos como tener una finca grande donde poder
llevarse a vivir a sus protegidos. Albeiro le siguió la cuerda a sus
instintos y empezó a buscar un terreno. Encontraba lugares paradisíacos
en donde seguramente los ancianos se sentirían a gusto, pero era una
locura conseguir los 900 millones de pesos que costaban.

Hasta que por fin halló el lote y la edificación que hoy se conoce
como el hogar de la Fundación Albeiro Vargas y los Ángeles Custodios,
en el kilómetro 1 de la vía al mar.

Su buena estrella hizo el milagro y el dueño de los once mil metros
cuadrados le donó la propiedad a la que se fueron a vivir 120 abuelitos
y el propio Albeiro.
Por los pasillos interminables de la casa de paredes blancas, tejas rojizas
y piso de baldosín deambulan sus abuelitos a los que hoy, 21 años
después de haber iniciado su misión, sigue tratando con amor y
profundo respeto.

El muchacho ha dedicado su vida al cuidado de ancianos indefensos. Tanto que
decidió estudiar gerontología a distancia, con una universidad
de Bogotá, para poder seguir al tanto de la Fundación.

En medio de su vida agitada también ha sacado tiempo para hacer su propia
familia: se casó hace 4 años con Claudia, quien ya le añadió
a su vida otra razón para vivir, su pequeña hija Pauline, de 3
años.

Ha logrado conseguir profesores voluntarios que ofrecen clases de danza y manualidades.
Además, paga 15 empleados que se encargan de la limpieza del hogar, hacen
la comida, la contabilidad, la parte jurídica y la atención médica
de los abuelos.

La nueva generación de ángeles, que son 12 niños entre
8 y 12 años, ve por los abuelitos en las tardes, a algunos los sacan
a pasear por los alrededores de la casa, a otros los acompañan a trabajar
en la huerta y a unos cuantos les organizan toda clase de juegos.

Los abuelos que viven en la Fundación no pagan un sólo peso.
Se consiguen fondos con organizaciones internacionales y realizan bingos, rifas
y bazares para que no les falte nada.

Todo porque él quiere hacer su propia ‘república independiente
para los ancianos’ en donde hombres como su abuelo Josefito de seguro
se sentirían reconciliados con la vida.

Si desea colaborar con la Fundación Albeiro Vargas y los Ángeles
Custodios puede llamar a los teléfonos 640 6952 y 640 3516.

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