Un lugar para los desposeídos

Dic 1, 2005 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Textos y fotos Camilo Jaimes Ocaziónez
cjaimes2@unab.edu.co
“Yo viví 2 meses en la calle entre ladrones, fumadores de basuco
y mujeres de la vida alegre. Nadie se imagina las cosas que uno sufre, ni las
que ve. Gracias a Dios no me pasó nada y hasta ellos mismos, los matones,
me cuidaban. La calle es triste y peligrosa. Pero mi familia no podía
ayudarme”, expresa Álvaro Álvarez. Y luego de un breve silencio
sostiene: “Un día vi la Posada, hablé con Freddy, les pedí
ayuda y ahora estoy casi bien”.

A las 7 de la noche, en las habitaciones no hay nadie. Las almohadas, las sábanas
coloridas y las cobijas olorosas a jabón están dispuestas con
precisión sobre los camarotes de tubos. Desde la cocina, las ollas inmensas
dejan escapar el olor a tomate de los espaguetis, el vapor impregnado con la
cebolla del arroz y el aroma salado de la carne molida.

Tres hombres sirven con abundancia los platos y llenan a ras los pocillos con
agua de panela hirviendo. Freddy, el administrador de la Posada del Peregrino,
dice que a cada plato le corresponde un pocillo y un pan.

Cada uno de los comensales se dirige con serenidad hacia la barra del bufete.
“Primero el plato de doña María”, exige Freddy levantando
la voz. Doña María Cárdenas tiene 62 años y es la
única mujer entre los 26 huéspedes. Según Freddy, “a
la Posada llegan muy pocas porque a las mujeres poco les gusta aventurar”.

Ella come despacio y mira el televisor mientras le da sorbos intermitentes
al pocillo: “Yo trabajo en una casa de familia atendiendo a 2 viejos.
Estoy aquí porque necesitaba descansar y acá me atienden bien”.

Siempre, al final de la cena, 3 de los huéspedes se encargan de lavar
la vajilla porque deben cumplir con unas normas básicas de convivencia
que todos acatan al pie de la letra.

Normas
Freddy hace la aclaración: “Primero, el que llega tiene
que bañarse antes de pasar a las habitaciones. Segundo, no se reciben
personas en estado de embriaguez o bajo el efecto de alucinógenos, tampoco
se fuma dentro de la casa. Tercero, a las 9 de la noche todos deben irse a descansar
porque aquí nos levantamos a las 5:30 de la mañana para hacer
el oficio: hay que limpiar y lavar la casa todos los días”.

Álvaro Álvarez, junto a 2 más de los huéspedes,
recibe los platos sucios. “Yo soy bachiller, además estudié
Mesa y Bar en el Sena, trabajé 5 años en el Club Unión
y un año en el restaurante Tony”, dice mientras enjabona los platos.
“Después vino lo de la operación del pulmón. Llevo
más de un año recuperándome. Mi familia trató de
ayudarme pero no pudo”, cuenta él, quien debido a la pobreza vivió
2 meses en la calle entre ladrones, drogadictos y prostitutas.

Según Freddy, Álvaro Álvarez ha ido consiguiendo poco
a poco trabajitos por horas en banquetes y cocteles: “Nosotros los preparamos
y los concientizamos de que apenas consigan trabajos estables dejen la Posada
para que alguien más se pueda beneficiar, como ellos”.

Familia
En el patio, la mayoría ve televisión. Guillermo León,
boyacense de 73 años, no está interesado en ver la telenovela
de las 8 porque “dicen puras mentiras”. “Yo me quedo con los
otros, callado, para estar acompañado. Ahora estoy jodido y vivo en la
Posada porque las ratas me pegaron, me robaron los cigarrillos y los dulces
que vendía y no he podido levantarme”, comenta.

“A esta edad es difícil trabajar y más yo que vengo del
campo. Hace 20 años me puse a sembrar agricultura pero vino el río
Magdalena y se lo llevó todo. Después logré levantar la
tierrita, pero la violencia me sacó corriendo y tuve que regalar todo.
Me vine a Bucaramanga y perdí contacto con la familia”.

A Miguel Rincón sí le gusta la televisión porque cree
que en las noticias y novelas aprende cosas de la vida. Es un ebanista bogotano
desempleado y cada vez que viene a Bucaramanga trata de quedarse en la Posada:
“Aquí nos tratan con mucha dignidad”. Es un vendedor de bonaice
que ha visto afectado su negocio con estas lluvias porque los días de
agua no vende más de 20 helados.

“Para cualquier persona que tiene comodidades esto parecería que
no es importante, pero para muchos de los que venimos aquí ese poco de
tiempo con las otras personas es lo más parecido a una familia”,
precisa.

Oficina principal
El piso es limpio y la Posada emana un aroma antiséptico a creolina
idéntico al de las clínicas. Junto al cuarto frío -una
nevera gigante que tiene el tamaño de una habitación pequeña
de apartamento- quedan las oficinas de la Dirección y de la Administración.
Élide Albarracín, directora ejecutiva de la Posada del Peregrino,
está ocupada organizando la agenda del otro día y hace énfasis
en que lo más importante es que la convivencia es muy familiar “porque
la Posada no es un hotel”.

Según ella, el 40% de la plata necesaria para el sostenimiento provine
del aporte de empresas de la ciudad y de comerciantes generosos. “El resto
lo gestionamos con rifas y actividades, aparte del recaudo que hacemos con los
hospedajes, los almuerzos y los mercados que nos traen las personas: aquí
recibimos lo que nos traigan”.

Freddy camina entre la penumbra haciendo sonar las chancletas y abre la puerta
principal de la casa. En la calle están los agentes que vigilan el Comando
de Policía Santander. Freddy está parado debajo del marco de la
puerta principal jugueteando con el manojo de llaves que abre todas las puertas
de la casa remodelada: “¿Sí ve todos esos Policías?
Ellos nos cuidan a nosotros también. Es que eso por aquí todo
es muy seguro”.

A las 9 de la noche, la casa está en silencio. Los huéspedes
han ocupado sus habitaciones y la mayoría de luces están apagadas.
De pronto suenan voces acompañadas de carcajadas. Al menos por esta noche,
quienes no tienen un lugar dónde quedarse en la ciudad, dormirán
tranquilos.

La cifra
Durante los 15 años que lleva funcionando la Posada del Peregrino
ha albergado a 128.000 personas y desde 1999 ha preparado 450.000 almuerzos.

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