Una travesía por la calle del dolor

Oct 1, 2006 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Por Rebeca Lucía Galindo
rgalindo@unab.edu.co
“Los muertos ya están muertos, a los que hay tenerle miedo es a los vivos”, en esto concuerdan los que viven y trabajan todos los días en el sector contiguo al Cementerio Católico Central en la calle 45. 

Néstor Barajas Peña hace y vende arreglos florales en el Parque Romero -mejor conocido como el Parque de las flores- hasta las 9 de la noche, él ríe cada vez que le mencionan historias de miedo y mientras le quita las espinas a unas rosas exclama:

“Los que asustan son los vivos, los muertos ya no, eso es leyenda”, y agrega que “los 31 de diciembre a las 12 de la noche viene gente a hacer cola para visitar a sus muertos; si asustaran, la gente no vendría”.

Pero hay otros que no cuentan con la suerte de ser tan visitados. El Cementerio Universal, construido a finales del siglo XIX, alberga la historia de una conflictiva época histórica.

“Después de la Guerra de los Mil Días quedaron grandes secuelas”, relata Alfredo Torres, quien ha vivido sus 63 años en la casa contigua y hoy es administrador del cementerio.

“Este cementerio se creó por razones de tipo político”, dice. Al parecer, en ese tiempo los liberales de pensamiento laicista (que no tienen creencias religiosas) no podían ser enterrados en el Cementerio Católico. Hoy el cementerio no funciona debido a problemas económicos.

El servicio funerario más reciente lo hicieron hace dos años. “Los últimos muertos que enterramos fueron a cuotas”, lamenta Torres, mientras que se aleja con su guadañadora para terminar la limpieza del pasto que, desde hace varios meses, recubre los osarios.

Si se continúa por la calle 45 es posible llegar al occidente de Bucaramanga y las carreras comienzan a contarse desde cero. Allí se encuentra el Parque de la vida, conocido antes como el Cementerio Campohermoso.

En la primera década del siglo pasado sus muertos fueron trasladados al Cementerio Central, pero se estima que en el parque quedaron cerca de 15 mil restos bajo tierra “porque eran cadáveres que no tenían doliente”, cuenta Noemí Valderrama, socióloga del Laboratorio Ambiental.

En su lugar, se construyó un caminódromo donde iba la gente del barrio a hacer deporte. Actualmente, el Parque de la vida parece haber vuelto a la muerte; “hace 8 años que se abandonó”, afirma Valderrama.

Justo al lado, tras las rejas del Horno Crematorio Municipal que están siempre abiertas, Alfredo de la Fuente lleva 15 años trabajando en el entierro de indigentes y NN (sin nombre) y en la incineración de cuerpos.

Cada mes entierra en promedio 18 muertos. A pesar del tiempo y las historias recogidas, él no cree que en la calle 45 asusten. “Esta es la hora y no me han asustado… no sé si es que a mí me tienen miedo los fantasmas”, dice entre carcajadas.

Realidades ‘calle arriba’ y ‘calle abajo’

La calle 45 es una arteria que atraviesa a Bucaramanga con sus contrastes. Comenzando el recorrido en el sector de Cabecera junto al Parque San Pío, en una de sus esquinas, el comerciante Héctor Díaz observa el movimiento de la ciudad entre su pequeño kiosco de revistas:

“En la mañana uno ve personas de edad caminando por el parque, gente que trabaja y hace diligencias. La seguridad es buena”.

Al seguir bajando hasta la Iglesia Sagrado Corazón de Jesús (mejor conocida como Iglesia San Pedro por estar junto al colegio del mismo nombre) y el barrio Sotomayor es posible encontrar ciclistas, grupos de niños y jóvenes patinando en la Recreovía los domingos durante toda la mañana.

A esa misma hora y casi 20 carreras más abajo las mujeres, hijas, novias y amigas de los presos de la Cárcel Modelo están haciendo fila para entrar a verlos, llevarles comida, elementos de aseo y tal vez mensajes de amor.

Algunas hacen la cola desde el sábado por la tarde para poder entrar primero, tienen hasta las 12 del mediodía y no todas logran entrar.

Las que permanecen afuera esperan desde el lado opuesto de la calle 45 a que los presos se asomen por las rejas y les griten cualquier frase de cariño.

“Eso parece como un partido de fútbol, los de la cancha gritándole a la tribuna y la tribuna gritándole a los de la cancha”, explica Gerardo Arciniégas, comerciante de una tienda diagonal a la cárcel. Desde allí, él es testigo de la vida de su barrio: “Una tienda es lo que llaman un club social. Esto es un club de estrato 3”.

Dentro del corazón de la ciudad, la calle alberga edificaciones con casi un siglo de antigüedad. La enfermera y coordinadora del programa de Inmunizaciones de la Secretaría de Salud y Medio Ambiente, Elba Mercedes Chacón, relata desde su escritorio:

“Estas instalaciones son las más antiguas que se conocen en el sector salud”. El Hospital San Juan de Dios, “fue el primer hospital aquí en Bucaramanga”.

Mario Martínez Jaimes, vendedor de flores desde hace medio siglo y que ronda hoy los 80 años de edad, recuerda una ocasión en la que se lastimó el brazo con un machete y tuvo que cruzar la calle corriendo para ser atendido.

“Ahí me hicieron curaciones, pero médicos eran muy poquitos, era un hospital de hermanitas”.

En la avenida La Rosita, la calle 45 se convierte en una transitada avenida de doble vía hasta que se congestiona por los arreglos sobre la carrera 15 para la construcción de Metrolínea.

Luego del barrio Quinta Estrella, donde parece que la calle ha terminado, la 45 se convierte en la vía Chimitá y comunica a la ciudad con la Zona industrial y Girón.

El barrio de las dos mentiras

“Son dichos populares de los abuelos”, cuenta el comunero de Campohermoso, Hernán Altube, al explicar que al nombre del barrio lo consideraban una contradicción porque “ni es un campo, ni es hermoso”.

En todo caso, el barrio es muy conocido por el comercio de telas. sólo a los lados de la calle 45 se pueden contar 40 negocios diferentes.

La calle, “según el plan de ordenamiento territorial, quedó como zona comercial desde la primera hasta la décima”, explica. Una clienta fiel del sector, Herminia Jaime, visita Campohermoso desde hace 28 años y relata que el inicio del comercio en el barrio fue con los ‘salderos’, es decir, vendedores que compraban saldos en fábricas y los regateaban en la calle.

“Traían un carro, botaban la mercancía en los andenes, en la calle y pregonaban sus productos, todo era muy barato”, comenta, así fue como adquirieron fama y luego comenzaron las ventas de telas. “En ese tiempo era contrabando”, recuerda Helena Castro, vendedora de Jesús Telas, el local más antiguo del sector.

La ampliación de la calle incrementó el comercio y hoy es un emporio de microempresas, los comerciantes del sector textilero comenzaron a ubicarse en locales y a importar directamente.

Hassan Taha Ismail, llegó a Campohermoso con su familia desde el Líbano hace 5 años  para poner una tienda de telas.

“Hicimos una feria que se llamó el Expotexbaratazo”, afirma. La primera versión la realizaron en 2000 para celebrar las bodas de platino del barrio -70 años-. Fueron ocho días con música, corridas de toros y descuentos.

Al recordar la celebración, Altube afirma: “Yo miro y comparo Campohermoso como un pueblito pequeño donde nos duele todo.

Aquí la gente es muy solidaria, nosotros mismos nos cuidamos. Cada quien ha puesto su granito de arena para que hoy en día sea uno de los barrios más populares de Bucaramanga”.

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