Uno de varios mundos

Jun 1, 2005 | Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

Separados por una raya invisible, los sectores del Centro tienen cada uno su identidad. Subiendo por la calle 42 uno se siente en un pueblo pequeño pues hay poco tráfico y las únicas edificaciones son casas viejas de un solo piso, tejas de barro, puertas de madera y fachadas rústicas. No hay rastro del caos que se vive a 2 cuadras: aquí abundan las fuentes de soda y la gente sentada en la puerta de sus casas, aunque también se oye el estrépito de un ?club deportivo? de bolos y tejo, donde hay gente bailando y tomando cerveza.

El punto de encuentro de este mundo con el siguiente es la calle 37, estrecha pero muy transitada. Por esta vía salen ruidos de billares y el bingo, abiertos todo el día. En este último hay unas 200 personas.

Luego de que alguien grita bingo y se gana el millón y medio de pesos que anunció una mujer por un micrófono, salgo a la calle a las 3 de la tarde y el calor vuelve a ser insoportable. Para completar, aparece un viejito que me quiere vender un afiche de Juan Pablo II por $2.500 y un cortaúñas en $1.500 y no me capta el ?yo no necesito ninguna de esas cosas?.

Camino 2 cuadras y llego al parque Centenario, que en épocas pasadas fue epicentro cultural y ahora huele a excrementos humanos. Lo único que no parece arrasado por una lluvia de polvo es el antiguo colegio El Pilar, ahora Centro Cultural del Oriente, muy bien pintado y sin graffitis. Ver ese edificio ahí es como llegar a un barrio de invasión y encontrarse con una torre de apartamentos en la mitad.

Hombres solos se sientan en las bancas del Centenario y miran para todas partes, como a la espera de alguien. Después de no encontrar a nadie dan una vuelta y se van. Los que se quedan son los que están en grupos conversando a bajo volumen sobre droga, policías y desempleo. En todo el parque, los únicos que no parecen peligrosos son los tres lustrabotas y los vendedores de café en termos. ??Tinto, perico, aromática!?, repiten cada 20 segundos.

?Se lo dejo barato?

Me refugio de la lluvia en una cafetería y salgo a dar otra vuelta, esta vez por la calle 30, la calle de las ?residencias?. Al pasar por una de ellas me aborda un joven que hace de manager de una niña de unos 18 años. ?Siga, suba, a 2 mil?, le alcanzo a entender entre el ruido de la música de despecho. ?No, gracias?, digo una y otra vez.

Entre la Quebrada Seca y la 34 se ve en cada cuadra al menos una mujer que no le quita los ojos de encima a todo hombre que pasa. Todas ellas se parecen: tienen cara de trasnocho, dientes sucios, son o muy flacas o muy gordas, usan sandalias de colores vivos, faldas muy cortas y blusas ceñidas. Y ninguna prenda combina con las demás. ?Venga chino, se lo dejo barato?, me llama una de ellas. Una anciana que viene por la acera oye a la prostituta y me mira con asco.

Me dan las 6 de la tarde en la carrera 15, entre pitos de buses y taxis y un creciente dolor de cabeza por el humo de los carros. Tres cuadras de tránsito se mueven lentamente. Dos muchachas indígenas salen de una miscelánea, cada una con una bolsa llena de cajas de crema dental pirata. Acaban de comprar lo que venderán mañana en el Paseo del Comercio.

Algunos no se van para sus casas porque esta noche hay partido de fútbol. En un bar de mala muerte, con un televisor lluvioso en el fondo colgado al lado de un afiche de alguna reina de belleza de los años 80, vemos el partido don Julio, don Álvaro y yo. Jamás los había visto, pero después de que se toman 2 tragos de aguardiente ya me tratan como a un sobrino.

– No, esta situación está muy ?verraca? ?dice don Julio, mientras pasan un comercial de la Comisión Nacional de Televisión? Mi hija ya no quiere hacer nada, no más quiere que le dé plata. ¿Es que tengo cara de compraventa?

– Así están los hijos míos también ?le responde don Álvaro con aire consolador.

– Y ahora la vieja tampoco me ?camella?, ya se queda es en la casa echándose a las petacas. A cada rato pelea porque le digo ?salga mija, mas que sea póngase a vender empanadas?.

En esas estuvimos hasta después de que se acabó el partido. No supimos como quedó porque al final estaba más interesante la charla.

Al volver a la calle todo está muy solo. Las señoras de los puestos de comida acomodan unas sillas. Mujeres de faldas largas bajan por la calle 42 a tomar un bus después de rezarle a Jehová en la Iglesia Pentecostal. Después de eso ya no pasa casi nadie.

Me dan las 10 p.m. en el parque Santander donde le pido un café al vendedor de la esquina. Allí aparecen dos jóvenes que dicen vivir en Morrorico, que también terminan siendo amigos míos.

– Compré un equipo original, con papeles a nombre de mi ?cucha? y todo. ¿Sabe qué me hace falta? El ?betamax?, pero en eso sí me demoro ?dice el más joven, que parece de doce.

– Si pudo comprar el equipo puede comprar el ?betamax? ?agrega el otro.

– Lo que me hace falta es una 38.

– Uy, no, mejor una como la que carga ?El Campesino?.

– No, una 38.

– ¿Una 38? ?pregunto yo.

– Un revólver, ?parce?.

– ¿Usted tan niño y pensando en revólveres?

– Qué va, ?parce?. Tengo 15 años.

– ¿Y para qué quiere una 38?

– Para quitarme de encima las ?liebres?, los que andan detrás de uno.

Después de un rato, los dos me han resumido su vida y la de sus vecinos, pero recuerdan que deben irse a buscar a ?El Campesino?. A los 15 minutos, sin que todavía decida para dónde irme, un hombre de baja estatura, un poco obeso, vestido con camiseta y pantalones cortos, se acerca: ?¿Me puedo sentar?? Claro, le digo, y le pregunto la hora. ?Las 10 y media?.

No me voy pues no parece peligroso y además van pasando unos policías, que si me ven posiblemente me retengan para preguntarme qué hago solo a estas horas. ?¿Usted qué hace por acá tan solo a estas horas??, me lee el pensamiento el tipo, quien se presenta como Hernando. ?¿Qué anda buscando? Esto por aquí es muy peligroso?. En unos minutos toma confianza. ?Es que me siento como solito y para completar hoy no hay nadie en mi casa?. La charla se va poniendo pesada y no sé qué hacer. Estoy a punto de salir corriendo cuando un borracho se sienta a conversar sin ser invitado, encuentro la oportunidad de salir de ésta. Me voy caminando lo más rápido que puedo.

Un indigente me ve y empieza a seguirme. Da varios brincos y me alcanza. Se pone agresivo porque no le doy monedas, pero de ahí no pasa el susto.

Termino en un puesto de comidas rápidas en la calle 36 con carrera 18, donde después de pedir una empanada grasosa y fría puedo quedarme media hora. Durante este tiempo han pasado 3 travestis, quienes se quedan parados en las esquinas por un rato y luego cambian de sitio. Su trabajo comienza a eso de las 11, ya sea en la calle 37 entre carreras 15 y 20 o en la carrera 15 entre calles 30 y 33.

Llega la medianoche y la fuente del edificio Colseguros está ahora ocupada por 7 personas bebiendo aguardiente. Ya casi se han bebido una garrafa y el escándalo que hacen incrementa a medida que el nivel de la botella desciende.

A la una de la mañana dos vigilantes vienen y terminan el relajo. Vuelve el silencio. En la carrera 15, las luces amarillas de los semáforos se encienden y se apagan cada segundo. La soledad es tal que cualquiera podría echarse a dormir en plena vía sin correr el riesgo de ser atropellado. Pero en unos minutos varios camiones cargados de carne pasan por aquí con rumbo a la plaza de mercado. El ruido que hacen rompe la calma.

Mientras hay quienes todavía no se van a dormir, otros ya empezaron otro día. En eso pienso mientras llego a ver cómo bajan la carne. Una vez en la plaza, me tomo otro café caliente de $200, al lado de un señor vestido con abrigo y gorro de lana. Por primera vez en muchas horas siento frío y me alegro de que no sea de día y un payaso con un megáfono me esté pidiendo a gritos que entre a su almacén a comprar zapatos.

Pero aún de noche a uno le piden cosas a gritos. Cuando paso a verificar si la Avenida Quebrada Seca tiene otra cara de noche, una niña de unos 15 años parada en la puerta del Hospedaje Centro me llama.

– Venga, barato.

– ¿Barato es cuánto?

– Lo que tenga. Venga.

Por la Quebrada Seca las residencias son los únicos lugares abiertos y allí la tarifa para entrar está entre 5 y 7 mil pesos. De un vistazo se sabe que hay más de las 50 que me mencionaron en la Alcaldía. Las puertas permanecen abiertas y las fachadas iluminadas, pero no llegan clientes.

Cada 5 minutos o más pasa un taxi. Los únicos que están despiertos en la calle son los empleados de una estación de gasolina. De los vigilantes no estoy seguro, pues 2 de cada 3 que he visto están durmiendo sentados. Policías, más bien pocos. Y las prostitutas, casi todas durmiendo. La noche es para los travestis y los vendedores de bebidas calientes. A las 3 de la mañana vuelve a llover. A la plaza de mercado han llegado más camiones. La carnicería de la otra esquina, que se surte con la misma carne de la Plaza, ya está abierta. Un hombre grande corta con un hacha algunos pedazos. El ruido se oye a dos cuadras.

A las 3.30 camino al parque Centenario, me vuelvo a encontrar con los dos muchachos de Morrorrico que se fueron a buscar al famoso ?Campesino?. Pero no están hablando de revólveres, sino durmiendo junto con diez o más indigentes, en la acera mojada de la calle 34.

Llegan las 5 y las luces de los semáforos de la 15 no dejan de titilar. La plaza de mercado ya está llena de vendedores y los primeros buses que cubren las rutas del sur bajan a toda velocidad sin letreros. En unos minutos empiezan a subir con unos 5 pasajeros en promedio. Por fin, a las 5:30, las luces amarillas pueden descansar y los semáforos empiezan a operar. Los buses empiezan a llegar llenos. Los más ocupados son los que vienen de Ciudad Norte, lo que me confirma que, al menos para esa comuna, el Centro es el lugar donde se ganan la vida. La oscuridad empieza a ceder. Empieza a subir la temperatura.

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